Voy al banco. Me he enterado que en la entidad con la que trabajo hay una promoción por la que si domicilias tu nómina te regalan un viaje, sin condiciones de permanencia. Como la tengo domiciliada desde hace dos meses quiero acogerme a dicha promoción. Llamo por teléfono a atención al cliente y me dicen que sí, que me pase por una sucursal y me lo tramitan. Son las 13.40h, el banco cierra a las 14.15. Desde que trabajo atendiendo al público soy muy consciente de lo que jode que te vengan clientes a última hora, por lo que ni me duché ni nada saliendo de casa escopeteado para no fastidiar al personal. Llego a la oficina y estaban todos los empleados sin hacer nada, hablando entre sí, la directora estaba sentada en una mesa de información despachando probablemente sobre su nuevo novio con la que debería encargarse de la atención personalizada. Me pongo delante de ellas, con los brazos cruzados, pero sonriendo, no tenía ninguna prisa así que tampoco quería generársela a ellas. Se levanta la directora y la verdad es que me puso mala cara, en plan “qué querrá este jodío niñato que me está fastidiando enterarme de los cotilleos de la puri”. Tomo asiento, le digo lo de la promoción y me dice que eso he de hacerlo en mi sucursal. “Mi sucursal está en Granada” le explico. Ella responde “¡Uy! Es que de todas formas esa promoción, ya se ha terminado” -Me acaban de decir en atención al cliente que sigue vigente, y que me pasara por aquí… -Pues, no sé, esa promoción se ha terminado, de hecho hemos quitado todos los carteles promocionales y todo… Llámate a tu sucursal y que te digan, además, en caso de tramitártelo, son ellos los que deben hacerlo…
Todo eso me lo dijo con el tono de “no tengo ganas de trabajar media hora antes de que acabe mi jornada”. Es un tono que me conozco porque he visto a bastantes compañeros en estos dos meses usarlo, diciendo que no tenemos cosas que sí que tenemos, o que por avería informática no podemos tramitar gestiones que sí que tramitamos. Yo incluso lo uso de vez en cuando, aunque no por esas razones, sino cuando no sé tramitar alguna de las cientos de gestiones que se realizan en mi tienda y que aún no me han enseñado a realizar.
Podría haberle insistido, podría haber llamado desde allí a atención al cliente donde le habrían dicho a esa señorita que hiciera el favor de tramitármelo y se dejara de tonterías. Pero pasé, pasé porque esa mujer no tenía ganas de trabajar. Le pedí el teléfono de mi oficina de Granada y me marché a la otra sucursal que hay cerca de mi casa. Nada más entrar estaba la publicidad de la promoción, sonreí y cogí un folleto de la misma. Me senté en atención personalizada y me atendió una amable chica, probablemente colombiana. Me pidió el DNI, llamó a mi banco en Granada y me lo tramitó, sin más. Hace un par de meses, una chica venezolana pero con nacionalidad española, me dijo que los españoles nos quejábamos de vicio, que no nos gustaba trabajar…
Caso 2
Por la tarde tuve que ir a trabajar a la tienda. Tengo un compañero que es bastante grande, gordo, con barba, un poco gruñón. Tiene buen corazón, siempre me ha ayudado en todo lo que ha podido, te puedes reír con él y demás si le coges el punto, pero su trato con los clientes a veces es un tanto… incómodo. Incómodo para mí digo, que tengo que estar al lado representando los colores de la misma compañía. Cerrábamos a las nueve y a eso de las ocho y cuarto entró una pareja que quería comprar un producto que lleva un trámite relativamente largo. Les estuvo atendiendo mi compañero, pero como necesitaban una documentación que allí no tenían, quedaron en venir un poco más tarde. Él se marchaba antes, se suponía que a y media, y me advirtió “estos dos van a venirte a tocar los huevos justo antes de cerrar”. La pareja apareció a menos veinte y por circunstancias mi compañero aún no se había ido. Les pidió la documentación y les dijo que él se lo tramitaba ahora, pero que el proceso tardaba 24h, que hasta el día siguiente no podían recoger su producto. La chica de la pareja se indignó, porque eso no se lo había advertido antes y habían tenido que perder media hora en ir y volver para la documentación y al día siguiente se iban de vacaciones y necesitaban ese producto ya. Mi compañero siguió en sus trece, diciendo que eso era así y así era, encima acompañado de su tono de voz que es un tanto “gritón”. Yo observaba la escena tras el mostrador tratando de posicionarme de manera neutra, pero me estaba cagando en mi compañero, era mentira, podríamos haberle hecho todo sobre la marcha, que la chica se hubiera llevado su mercancía, él haber cobrado ocho euros de comisión y sí, nos habríamos ido a casa cinco minutos más tarde de lo normal, pero te jodes y es lo que toca cuando atiendes cara al público.
La pareja salió de la tienda diciendo que vaya puta mierda de atención al cliente y a mi compañero no se le ocurrió otra cosa que contestarle… la chica se volvió y dijo “ahora te vas a cagar, dame una hoja de reclamaciones”. Mi compañero la sacó, lentamente, sin inmutarse, en nuestras tiendas están bastante acostumbrados a tener que sacarlas, no nos preocupa demasiado, aunque si fueran a hacer una reclamación directamente contra mi atención, yo si me preocuparía… Mi compañero rellenó la hoja y se la ofreció a la chica para que la rellenera, pero claro, la chica tenía prisa y le dijo que no, que se la diera sellada que ella ya la rellenaría, mi compañero se negó porque entonces no podría poner él alegaciones. La chica ya montó en colera, la verdad que tampoco era todo aquello para tanto, pero se puso nerviosa en demasía, y oye, cada cual es libre de alterarse lo que le de la gana. Le dijo que trabajaba en el ayuntamiento (a todas luces era mentira), que ese no era el procedimiento y salió de la tienda diciendo que se iba a cagar, que iba a traer a la policía. Mi compañero y yo estábamos convencidos de que no lo haría, pero ante la duda, ya nos tocó quedarnos con la verja subida hasta las nueve en punto, cuando la solemos bajar un poco antes. Y no me atreví a decírselo, pero ¿no habría sido más fácil haber hecho las cosas bien desde un principio y que se hubieran ido contentos y nosotros simplemente haciendo aquello por lo que nos pagan? Ojalá se hubiera ido a y media como le correspondía, ojalá me hubiera quedado yo sólo en la tienda y pudiera haberle hecho la gestión. Odio el corporativismo, en ese momento si hubiera podido es que hasta habría ayudado a la chica a rellenar la hoja de reclamación. Odio no poder asentir con la cabeza a alguien que tiene razón cuando la atienden mal, simplemente porque estoy tras el mismo mostrador.
Empezar a escribir estas líneas me evoca esta canción de Explosions in the Sky, Your Hand in Mine. Te recomiendo escucharla mientras que me lees, a ser posible con un volumen relativamente alto.
En realidad ni siquiera me recuerda a la canción, supongo que lo más que hacen determinados acordes es recordarme la nostalgia. Son sencillos acordes de añoranza. Casi todas las canciones de Explosions in the Sky me hacen recordar buenos momentos… lo malo de recordar buenos momentos con acordes de tristeza, es que la mezcla de felicidad con ansias de recuperar lo que tuviste entre tus manos, provoca una sensación de vértigo que puede superarte y convertirse, como la energía de la bomba atómica se convirtió en muerte, en una lágrima que se deje caer por tu rostro.
Pero hoy no estoy en ese punto, como dirían los anglosajones. Estamos cerca del final del verano. Siempre a mediados de agosto ya he tenido ganas de que se acabe el verano, aunque me lo esté pasando bien, debo de ser uno de esos animales que necesitan una pequeña dosis de rutina para poder sobrevivir. Este año no he tenido vacaciones como tal, me he quedado en Madrid, me he quedado trabajando. Pero gracias al milagro de la media jornada bien pagada y de la buena voluntad de tu jefe, bueno, de eso y de saber portarte bien con la compañía y con él, pero sobre todo con él cuando hace falta, nacieron 6 días de vacaciones entre amigos en Cádiz. Entre amigos no, entre mi familia de Madrid.
Era la primera vez que me iba de vacaciones así en plan verano+desparrame+playa+juerga+alcohol solo con amigos. Con los colegas, tronco. Me encanta imitar el acento madrileño cerrado, tiene una gracia especial, la gente de fuera no se lo suele coger, pero yo le tengo cariño a la gente de aquí, a la gente del barrio. Ya me estoy desviando del tema… En fin, un coche, tres amigos, rumbo al Sur. Rumbo al oeste de mi tierra. Allí nos esperaban más amigos, dos mellizas con las que compartir apartamento, la playa, el salero gaditano… Nos esperaba dormir la primera noche, mejor dicho, la primera mañana, en el coche de Diego con el aire acondicionado puesto, con el alcohol aún haciendo estragos en nuestros hígados y en nuestras cabezas. Javi confundió aquella churrería donde vimos el partido de baloncesto de España contra China, con una de La Herradura (Granada).
Estábamos desorientados, estábamos desatados. De hecho el GPS por arte de magia dejó de funcionar en Cádiz. Sinceramente, también podrían haberle seguido los relojes. Allí todo daba igual, sólo había una premisa: había que pasárselo bien. Y no hacía falta esforzarse demasiado para ello. La primera noche, la que aún no teníamos apartamento, estuvimos rodeados de abogados/as y fiscales/as del Estado. Algún Guardia Civil de Barbate se dejó ver incluso… de hecho no hacía más que abrazarse a nosotros mientras señalaba a su mujer y nos decía “¿no te parece acojonante la luna de Cádiz?”. -Pues sí, sí que me lo parece, pero usted va borracho, señor agente. -Lo sé, pero no te preocupes, si necesitas lo que sea en Barbate, pregunta por mí, pregunta por Jaime. Nunca me imaginé que acabaría en una discoteca de Cádiz bailando con las fuerzas de seguridad del Estado y con tanto alto funcionario. Con tanto alto funcionario y con una hermana de una de éstas a la que sin duda, si fuera un electrodoméstico, serviría para calentar la leche en un minuto dándole vueltas en su interior. Con Javi entrándole a saco a unas chicas de Loja a las que me atreví a decirles “pues desde luego que cojas no se os ve…”.
Al día siguiente llegaron las mellizas. Si las tuviera que calificar con una palabra sería liberales. 19 añitos, en topless todo el día. Hablando con total libertad de cualquier materia de sexo, pudiendo hacer bromas con ellas 24h del día. No, ya os digo que no nos aburrimos. Y Paco, que es del Puerto de Santa María, se nos apuntó a la fiesta, nos llevó todas las noches a hacer nuestra ruta del Tequila Sunrise. Descubrimos este cóctel a base de Tequila, zumo de naranja y granadina en un sitio que él llamaba el pantalán, aunque no se llamaba así, si que estaba encima del mar. Luego íbamos a otro garito en el que uno de los porteros se parecía a Wisley Snippes sin parar de sonreír, y así lo llamábamos “mira el joputa el Güisli, na más que se le ven los dientes al jodío”. De la mano de Paco, aparte de a nuestra bebida oficial, conocimos a todas las relaciones públicas de ese bar, donde colgaban las banderas de todos los países excepto la de Australia.
Bailé con las gemelas el baile de las tres vueltas, teoría de Diego y Paco que me funciona para liarme con guiris Australianas (de ahí mi preocupación porque no estuviera esta bandera en el local). Pues la teoría también habría funcionado con estas dos chicas, pero claro, uno ante todo es un gentleman y posó la mano sobre sus labios antes de besarlas. Dormí en la cama con una de las mellizas pensando que era Diego y otro día dormí con Diego pensando que eran las dos gemelas. Preparamos nuestra bebida oficial a base de tequila en una cala de Conil, mientras escribíamos “Property of Black Demons” en la espalda de las hermanas, cuando por el sol y por el alcohol, dormían impasibles.
Escuchamos canciones míticas en aquél Golf GTI. Míticas no por las canciones, míticas porque estaban impregnadas por las notas de la historia, por las notas de “recordaré este viaje, te recordaré a ti, os recordaré a vosotros, pero sobre todo, recordaré este instante”. Sonaba Estopa, sonaba Fuente de Energía, y aunque a ninguno de los que íbamos allí nos gustaba especialmente Estopa, la repetíamos una y otra vez porque sentíamos que hacía más larga la noche. En el coche de Paco sonaban canciones de DJ Shadow que ahora no puedo dejar de escuchar compulsivamente, porque no quiero irme de allí, no quiero dejar de sentir la arena, no quiero dejar de ver la sonrisa de las gemelas mientras Diego les pregunta si llevan depiladas sus partes íntimas o no. Este año no quiero volver a la rutina. Pero volví, volví en un sucio autobús de Secorbus, sentado al lado de una Gaditana muy guapa, un poco cateta, pero muy guapa, que iba a hacer un casting de Gran Hermano y su mayor preocupación era saber cómo llegar de Méndez Álvaro a su hotel. De hecho no es que fuera su mayor preocupación, era su único objetivo en la vida, no escuchaba nada de lo que le decía/decíamos el resto de la gente.
No quiero volver a Madrid, no debí haber dejado que me dieras esos dos besos, Nati, antes de subir al autobús. No debí dejar que me dieras ese abrazo, Estefi, antes de subir a un sucio Secorbus. No debí dejar que os despidiérais con coñas, que es como son nuestras despedidas, Diego y Javi. Quiero quedarme allí, con Estefi llamando a su novio “compañero”, con un tono que más que a novio, sonaba a “Camarada”. Quiero bañarme en el sol. Quiero bailar con la Guardia Civil. Qué coño, ¡quiero Tequila Sunrise!
Me da miedo volar. Ese sería un dato nada extraño entre la población general de no ser porque mi intención es ser Ingeniero Aeronaútico, una carrera considerada plenamente vocacional, condición que en mi caso se cumple. Me encanta volar. Me encanta desde el primer momento en que piso el aeropuerto, es más, desde que el día antes me he impreso la tarjeta de embarque. Suelo ser una persona que llega con el tiempo justo a los viajes en cualquier medio de transporte, odio las esperas, sin embargo si el viaje es en avión y por cualquier circunstancia llego antes de tiempo, me encanta pasear por las terminales, ver a la gente con las maletas, el bullicio, escuchar el Please, don’t leave your baggage unnatended, observar el despegue y aterrizaje de los aviones… Y no, no es la visión bohemia del viajero que ve pasar pasajeros en los andenes de tren, los aeropuertos tienen otro encanto, otro glamour que los hace especiales.
Pero esa atracción que siento por volar, por estar en el avión y mirar por la ventanilla todo el proceso del despegue, por ver las olas romper en la costa como si se hubieran detenido, por envolverme en las nubes como si fueran grandes colchas de algodón, lleva aparejado un miedo incontenible que me ha llevado a sufrir más de un ataque de ansiedad dentro de una aeronave. Desde bien pequeño he tenido ese miedo (llevo volando desde que tan sólo tenía un par de días de edad), esas ganas de controlar cada detalle en cada giro, en cada maniobra, en cada viraje. Mirar a los ojos de la azafata para saber si todo está bien… Sin embargo volar me produce un bienestar , una sensación de relax, una capacidad para abstraerme y meditar que no me la concede ninguna actividad terrestre. Recuerdo grandes momentos en los aviones de Aviaco, volando con mis padres y mi hermana, esperando a que la azafata me trajera el juego con pegatinas que tocara. O cuando me dieron aquél cuaderno en el que podía apuntar mis horas de vuelo. O aquél parche del Club Águila de Iberia que llevaba cosido a una cazadora vaquera con unos ocho añitos.
Mi primer té me lo tomé en un avión de British Airways en un Madrid-Londres. Mi primer beso me lo dieron tras un vuelo Granada-Madrid. Casi todas las grandes decisiones de mi vida las he tomado en algún lugar del Atlántico, probablemente sobrevolando las costas de Cádiz. Hace dos años, se agravó mi miedo a volar. Fue un verano duro para mi familia en el que sufrimos una terrible pérdida, sobre todo por lo inesperada. Sobre todo porque era realmente el pilar de la familia. Estuve todo el verano viendo un programa de Discovery Channel que lleva por título “Mayday: Catástrofes Aéreas”. La verdad que se trataba de un programa muy interesante que aclaraba en cada capítulo las causas de algún accidente aéreo. Creo que llegué a ver todos los episodios, atraído por una asignatura que había cursado ese año, impartida por un ex-agente de Aviación Civil, en la cuál se nos advertía sobre las precauciones que no se tomaron en algunos accidentes que se podrían haber evitado. Al final del verano, tras haber visto una y otra vez accidentes con centenares de vícitmas causados por un pequeño descuido, falleció mi abuela materna y tuve que tomar un Madrid-Las Palmas. Desde entonces cada vez que he volado tengo una permanente sensación de caída, incluso en el despegue, incluso aunque esté viendo por la ventanilla durante el ascenso cómo nos alejamos del suelo, mi cuerpo no hace más que sentir que caemos. En algún vuelo he tenido que tomar ansiolíticos. Pese a todo, pese al gran malestar que me produce, si para ir a Granada hay algún vuelo barato, prefiero coger el avión a ir en tren o autobús… es una atracción por el aire inevitable.
Habré hecho la ruta Madrid-Las Palmas más de cien veces a lo largo de mi vida, estimo que unas cientoveinte. Alguna vez con Spanair. Por eso y por todo lo que os he contado anteriormente estoy especialmente consternado por el accidente aéreo del vuelo de Spanair JK5022 con destino al Aeropuerto de Gando. Ese aeropuerto donde he pasado tantas horas, de donde me conozco cada recobeco. Donde antes de ayer el bullicio de la rutina se vio interrumpido por las lágrimas de familiares destrozados. Llevo dos días sin dormir, porque me acuerdo de todos los niños que han fallecido y me vienen a la cabeza mis lápices de colores de Aviaco. Porque me acuerdo de las largas horas de charla con mi tío Mingo que ha sido piloto, sobre cómo funcionan los flaps de un MD-82 o cómo la torre de control autoriza el despegue de cada vuelo. Porque me imagino la angustia de los familiares que han estado horas sin saber si su ser querido iba en ese vuelo, ni qué suerte había corrido. Porque me imagino a los pasajeros sabiendo que iban a morir, buscando con la mirada los ojos de la azafata para tranquilizarse y nada más que encontraban pánico. Me imagino a toda esa gente con sus planes de futuro, con sus días de vacaciones organizados en Las Palmas, o volviendo de Madrid para ver a sus padres después de meses trabajando en Madrid, o a su novia, o a sus hijos…
No es una comparación que me guste hacer porque no procede, pero he escuchado ya varias veces en los medios de comunicación que equiparan a este suceso con el 11-M. A mí me afecta mucho más este accidente que el 11-M, porque siento que es algo que yo he estado haciendo toda mi vida y que solamente la casualidad ha hecho que yo no estuviera en ese avión. Sé que era difícil, que era más difícil que cosas como que me tocara la lotería, pero ¿a que cada vez que compras un cupón, esperas ser el agraciado? También he escuchado comparaciones con víctimas de tráfico… sí es cierto que en la carretera muere mucha más gente, probablemente la cifra de víctimas del vuelo de Spanair sea similar a la cifra de muertos de este verano en las carreteras españolas. Pero es que el hecho de que las cosas no sean frecuentes, las magnifica, en especial cuando lleva aparejado el glamour de la aviación. O si no, imaginad un mundo en el que consiguiéramos cura para todas las enfermedades, que lográramos una vida inmortal. Se lloraría muchísimo más cada muerte, el dolor sería mucho más insoportable, muchos ni soportarían el dolor.
Un gran abrazo, que sé que no sirve para nada, que sé que no os va a devolver a la vida a los seres queridos, que sé que a los supervivientes no os va hacer olvidar el infierno que habéis vivido, pero que os quiero dar de corazón.
PD: Acabo de enterarme de que una de las hijas de mi entrañable vecina del segundo piso de mi casa de Las Palmas, iba en el vuelo y ha fallecido. Sobran las palabras.
It´s A Small World After Allse titula la canción que cantan los pequeños muñecos que hay en cualquier parque temático de Disney, en una atracción que recuerdo con mucho cariño de mi primera visita a Disneyland Paris con unos ocho añitos. Con esa edad, aparte de montarme en esa barca que te paseaba por todas las naciones del mundo con una canción que incita al buen rollo mundial, televisivamente hablando era un fan del Club Disney, supongo que como casi todos mis contemporáneos.
Lo que ya no sé si compartía mi generación o solo era yo que desde siempre he sido un pervertido era mi gran atracción por las sucesivas presentadoras de ese programa. Ahora mismo no recuerdo el programa en sí apenas, más que unos fragmentos del Tío Gilito huyendo con sus sobrinos cargados de bolsas de dinero. Lo que si recuerdo son las caras de dichas presentadoras. Ahora me gustará Scarlett Johansson pero entonces era la prima de Emilio Aragón (¿Mónica?) y compañía las que me hacían estar pegados a la pantalla.
La experiencia me ha hecho creer desde hace bastante tiempo que el mundo es un pañuelo, pero esta semana tras haber conocido a una presentadora del Club Disney he reflexionado más de lo normal sobre ello. Esta presentadora es muy joven y ya ni siquiera trabaja ahí. Lo presentó cuando yo ya perdí el interés incluso por la televisión. Habrá sido el mito erótico de generaciones más recientes que la mía, aunque en el fondo sí que me atrae… supongo que un cargo como el de “Presentadora de Club Disney” lleva consigo un morbo especial. Supongo que será el subsconsciente cargado de extraños deseos pseudo-pedófilos, porque aunque esta chica es mayor de edad… es que joder, la verdad que la palabra Disney aparte de ternura, ¡lleva implícito cierto morbo si se la adjuntas a cualquier mujer!
Y la conocí sin más, he estado con ella una semana entera de vacaciones simplemente porque hace poco conoció a un amigo mío en un gimnasio. Existe una teoría en sociología que mantiene que todos los seres humanos estamos relacionados entre sí por no más de 6 personas de por medio. Es decir, que yo conozco a alguien, que conoce a alguien, que conoce a alguien (como máximo hasta 6 veces) que conocería al dueño de una tienda de buceo de Australia. O a un recolector de arroz de China. O a un alto directivo de Wall Street. Recientemente Microsoft dice haber demostrado dicha teoría vía Messenger, aunque me de qué pensar el hecho de qué información confidencial han podido utilizar para hacerlo, voy a centrarme en el tema de los Seis Grados de Separación. Os voy a poner un ejemplo real con famosos que yo creo que es más ilustrativo: Yo conozco a una persona famosa que sale prácticamente todos los días en televisión. Por su trabajo esa persona conoce a periodistas “del corazón”. Algún periodista de esos conoce seguro a Penélope Cruz. Penélope Cruz ha trabajado recientemente en la película que Woody Allen rodó en España con Scarlett Johansson. ¡Luego para mí la teoría se cumple con mi mito erótico!
Os podría poner ejemplos de esos a patadas, o si no, ¿a quién no le ha pasado eso de “ah, que conoces a fulanito, el panadero del pueblo de mi primo de Minnesota”? También es verdad que no todo el mundo estamos igual de relacionados, yo me considero una persona que quizá esté mejor relacionada que la media. Ojo, no os confundáis con el ejemplo porque con mejor relacionado no quiero decir que conozco más gente del famoseo, ni que tenga más dinero ni nada así. Todo lo contrario, quiero decir que conozco un mayor número de gente que abarca un mayor espectro del abanico de la vida, lo cual me ha sacado de problemas muchas veces o me ha otorgado beneficios otras tantas.
En definitiva, el problema para conocer a ese cantante de moda que te gusta no es que sea imposible que llegues a él, es que hay que saber buscar el camino para llegar hasta a él. Cambia lo de cantante por cualquier persona que necesites conocer y entenderás un poco mejor lo que quiero decir. Lo que hay que hacer es saber relacionarse, es saber mantener las relaciones y saber utilizarlas solo en el momento en que haga falta. Leyendo sobre este tema he visto como un reportaje de la BBC profundizaba en que una de las bases para que esta teoría pudiera demostrarse a nivel práctico, era que había que incentivar a los individuos y que cuanto mayor era el incentivo, más fácil era de demostrar. Por ejemplo, yo nunca en la vida me pondré en contacto con Woody Allen, aún siendo ya consciente de que estoy a unos 3 ó 4 grados de él, porque aunque lo admire como director, ¿qué voy a hacer? ¿darle una palmadita en la espalda? Pero sin embargo, ¿y si este señor tuviera una fundación que lucha contra una enfermedad que tuviera mi hijo y fuera la única forma de salvarlo?, ¿sería capaz de ponerme en contacto con él? Yo estoy seguro de que sí, el problema en la vida es que muchas veces el bosque nos impide ver el árbol, nos impide ver a aquél que nos podría ayudar, o simplemente nos parece un esfuerzo mantener relaciones que creemos inútiles. Somos así de egoístas, las relaciones siempre se mantienen por interés, algunos más éticos tipo de nivel afectivo y otras menos aceptadas socialmente, como las que se mantienen por razones económicas.
Yo nunca he borrado un contacto de mi agenda por muy antiguo que sea o por mucho que haga que no hablo con esa persona. Nunca sabes cuando necesitarás su ayuda, es más, nunca sabes cuando la podrá necesitar él de ti. Y tú, ¿a cuantos grados estás de mí?
“¿Cómo ha dado la vuelta?” Esa frase que era la segunda vez que repetía porque la primera estaba con Mr Brightside a todo volumen sonando en mi Ipod, me dejó descolocado. Yo estaba sentado en el metro y el autor de la pregunta, con la camisa a medio abrir y sin peinar enfrente de mí. No contesté, puse cara de perplejidad mientras pensaba “¿Qué o quién cojones ha dado la vuelta?”.
“¿Cómo ha dado la vuelta?” Volvió a preguntar. Al ver que no respondía el hombre de mediana edad insistió. “Sí, el metro, que ha dado la vuelta”. El metro no había dado la vuelta en ningún momento, pero pensé que se había montado antes que yo y como a veces suele pasar, el convoy se pasa la parada por unos metros y el conductor da marcha atrás hasta ponerse en el sitio correcto. Me salió la vena ingenieril y estuve a punto de explicarle el complejo sistema que tiene el motor del tren que le perimite realizar dicha maniobra cuando de pronto entendí todo.
Actualmente hay un tramo de la línea 1 de metro en obras, por lo que el tren al llegar a una determinada estación, actúa como si fuera el fin de la línea, cambia de vía y vuelve a empezar. El señor de aspecto desaliñado no sabría esta incidencia y al llegar a la última parada con servicio nadie le avisó de que tenía que bajarse, por lo que empezó a realizar el mismo recorrido que había hecho pero al revés. Al darse cuenta trató de preguntarme, pero como ya había pasado bastantes paradas desde el corte, el pobre hombre decidió volverse a casa. Al terminar todo este razonamiento le contesté con un escueto “es que la línea está en obras”, pero ¿a que es curioso como con saber solamente el final de una historia, somos capaces de saber también el principio?
Si me describiera una persona que no me conoce hace más de un par de meses o que nuestra relación se haya ceñido tan sólo a situaciones “muy públicas”, quiero decir, sentarse conmigo de vez en cuando en clase, ser cliente habitual mío, etc. una de las frases que utilizaría para describirme sería “es una persona muy políticamente correcta”. Y es verdad, siempre que estoy con algún desconocido o con alguna persona de “rango mayor” lo soy. Explico lo de rango mayor… de siempre lo he hecho, inconscientemente pero lo he hecho… igual que los japoneses tienen su protocolo relacional y sus distintos saludos dependiendo de si eres pariente, compañero de trabajo, jefe y demás, yo nunca he sido capaz de tratar igual a alguien que considero “superior”, por muy próximo que sea. Me ocurre con tíos míos que han cuidado de mí toda la vida, con entrenadores de mi equipo con los que me voy de fiesta… puedo considerarlos amigos, puedo considerarlos familia, pero sigo siendo muy cauteloso con ellos. Si es que debería haber nacido en Japón, los ojos tan rasgados no me sentarían mal.
Hace unas semanas, cuando le dije a un buen amigo que me habían dicho en mi trabajo que era un gran profesional, éste se echó a reir. La gente que me conoce diría que soy políticamente incorrecto, que suelto muchas cosas que no debería decir, que hago preguntas demasiado indiscretas… el caso es que me las suelen responder. Nunca he sabido por qué, pero soy un tipo que suele insiprar confianza.
Soy géminis por lo que está claro que este tipo de doble cara me tendrá que acompañar siempre. Bueno, un momento, no sé qué cojones hago mencionando el horóscopo cuando nunca he creido en él. Da igual, lo dejaré escrito, queda bonita la frase. Bueno, continuo… Esta doble cara siempre me ha acompañado, pero lo que si es verdad es que incluso cuando soy irreverente y no lo parezco, soy extremadamente políticamente correcto, que no es más que decir aquello bíblico (ya estoy hablando otra vez de cosas en las que no creo) de “no hagas aquello que no te gustaría que te hicieran”.
No sé lo que es robar un beso, al menos no a alguien que me importe de verdad. Con una guiri borracha a las cuatro de la mañana con la que no he hablado, no tengo reparos para abalanzarme sobre ella. Antes de dar un beso siempre he presentado una especie de instancia que ha acabado firmándose con una mirada que decía en letra pequeña “por fin lo has hecho, pesado, pensé que no lo harías nunca”. Sé que el ir presentando instancias por el mundo me ha robado probar muchos labios en los que me habría encantado perderme. Pero es algo que no puedo evitar, en situaciones de ese tipo mi cabeza trabaja al doscientos por ciento de su capacidad, analizando cada pequeño detalle de la situación, cada gesto, cada palabra, cada mirada. Y siempre le doy mucha importancia al “no me gustaría que me lo hicieran a mí si no me gustara esa persona”. Sé que muchos de esos labios no se habrían retirado si lo hubiera intentado, pese a que meses después digan otra cosa distinta, el juego del amor es ese, pregonar a los cuatro vientos lo que tienes y ocultar lo más posible lo que deseabas pero no se cumplió. Sé que los labios que se hubieran retirado no le habrían dado tanta importancia a que yo lo hubiera intentado, solo alguna transtornada en su infancia habría tratado de cruzarme la cara o de retirarme la palabra. Pero este cristiano que no santifica las fiestas lo tiene como algo inevitable, intrínseco a su ser, supongo que esconderá una componente de miedo al rechazo que algún psicoterapeuta podría estar horas escudriñando en su consulta.
Nunca me he arrepentido de los besos instanciados, pero seguro que los besos que no di habrían sido mejores. Prometo que a partir de ahora los daré. Prometo que a partir de ahora os los daré. Prometo que a partir de ahora te los daré.